Friday, December 02, 2005


Historia de la Plancha

Los chinos supieron desde muy antiguamente que el calor era el mejor medio para desarrugar telas. Los occidentales, tomaron un tiempo más largo antes de darse cuenta de ello. Razón por la cual, una asombrosa cantidad de instrumentos de planchado fueron imaginados a través de los siglos.

En Hong Kong, el museo de la ciudad conserva un artefacto en bronce del tiempo Han (200 A. de JC – 220 D. de JC) el mismo que se llenaba de carbón de madera. El museo de bellas artes de Boston expone una seda pintada (1082 - 1135) ilustrando la manera en que éste servía: se pasaba el artefacto por el material tenso, tal como se hacía en Europa por el siglo XV con planchas de hierro dotadas de un asa, que se calentaban en la estufa.

Planchando en frío

En Europa, la idea de la plancha probablemente vino de Italia del Norte, allí donde se desarrolló una industria textil impresionante en la Edad Media. Antiguamente, esta región estuvo en relación con los países del Lejano Oriente, desde que el primer europeo en llegar a China fue el italiano Marco Polo, cerca del siglo XIII.

Los tejidos se aplanaban en frío con alisadores, instrumentos pesados de base inferior plana. De éstos existen ejemplares en piedra, en mármol y en maderas compactas. Los Nórdicos fabricaron algunos con cristal de piedra pulido y después en vidrio, con la forma de media esfera con base plana y un mango vertical pequeño. Aún existen algunos en los museos escandinavos e ingleses. El museo de Longwy ha recolectado algunos de ellos.

Hasta principios del siglo XX, los escandinavos acostumbraban usar también planchas giratorias, de 80 cm de largo y de 15 cm de grosor con un asa en un extremo. Fijaban la tela todavía húmeda en un rodillo de madera, y desde arriba, se empujaba con ambas manos sobre la plancha giratoria, la misma que reposaba sobre el rodillo. Un movimiento de vaivén comprimía la tela en el rodillo y la plancha giratoria funcionaba gracias al peso que se imprimía sobre ella. Este proceso servía bastante bien en telas simples y en tejidos bastante rudimentarios.
Fierro y calor

Un buen planchado tiene en cuenta tanto la acción de presión como el calor, en lo posible con un poco de humedad. Sólo de esta manera podemos llegar a desarrugar y aplanar mejor aquellos tejidos de fibras retorcidas y planchado dificultoso.

Las técnicas de fabricación de acero necesitaron mucho tiempo para mejorar, razón por la que las primeras planchas tenían mangos bastante pesados y grotescos a la vez que las bases eran algo rugosas y todo el conjunto en general era algo desproporcionado dadas las técnicas poco desarrolladas hasta entonces de forjado del hierro. No será sino hasta el siglo XVII que se verán aparecer planchas más planas, más lisas y con mangos más ligeros.

Barcos con brasas

Los sastres acostumbran usar planchas pesadas para aplanar las costuras, aún más en telas gruesas. Las lavanderas en cambio, usan un instrumento más ligero, a manera de recipiente vacío que se llena con brasas encendidas y cuya forma externa evoca la de un barco. A diferencia de los artefactos chinos, estas poseen una tapa en la que se ha fijado un mango horizontal que las vuelve más manejables.

La tapa que se abre para que uno pueda llenar el recipiente, también está provista de un pestillo al que a veces se puede echar cerrojo, detalle que sirve a menudo como pretexto para la decoración del artefacto. El recipiente posee en sus paredes laterales una serie de orificios que permiten una mejor combustión de las brasas, y que a la vez son otra forma de crear decoración, a menudo muy ingeniosamente explotada.

Este tipo de planchado tenía la molestia de exponer a quien planchaba a emanaciones de humo. En razón de esto, algunos modelos un poco más perfeccionados del siglo XIX poseen unas chimeneas pequeñas a manera de cuello que disipaban el humo lejos de la cara del usuario. A mediados del siglo XVII y entrando al XVIII, aparecen modelos más perfeccionados para un público más refinado y de mejores recursos. Esto dio entonces lugar a la creación de objetos muy bonitos en cobre grabado, llamados barquitos de lingotes.

Barquitos con lingotes

Éstos se hacían de fierro hueco - menos voluminoso que los anteriores barcos de fierro –en los cuales se introducía un lingote triangular (previamente calentado) amoldándose a la forma interior del barquito. Se dotaban de un estribo pequeño donde encajar un gancho del cual se sujetaba un mango de madera. Todas estas planchas tienen una extremidad adelgazada para facilitar su desplazamiento. Estos barquitos con lingotes tuvieron una variedad, la “lengua de buey” que tenía la parte superior redondeada y una extremidad – ni muy triangular ni puntiaguda – más bien ovalada que permitía una penetración más fácil en el volumen de la tela y en partes más complicadas del vestido.
Comenzando el siglo XIX, todas estas variedades comenzaron su tendencia a desaparecer con la invención de la fundición que cambió el concepto de manejo del hierro de otros tiempos por un trabajo distinto, aplicable no solo a planchas finas, sino también a objetos tridimensionales como las planchas.

La fundición y la industria

Se debió al florecimiento de la metalurgia en Inglaterra, Francia y Alemania. Se crearon grandes fundiciones y entre sus productos, se incluyeron las planchas. Estas se fabricaron en serie en Francia y Bélgica. Hasta entonces la industrialización no descuida la decoración, facilitada por la técnica de fundición. Es un tiempo donde se desarrolla notablemente en la capital francesa una actividad extraordinaria de lavado. París se hace conocer entonces como la ciudad donde el lino es más finamente planchado.

La aceleración del progreso técnico favorece el planchado. En entonces cuando entra en escena el país más tecnificado: los Estados Unidos. A fines del siglo XIX, en un inicio acompañados por ingleses y alemanes, y luego tomando con audacia las riendas del negocio floreciente los americanos desarrollan nuevos y más audaces modelos de planchas: ellos buscan otras fuentes de calor alternativa al carbón típico de las lavanderías Parisienses. Se introducen entonces en las técnicas de planchas a queroseno, alcohol y metano y para abreviar, a electricidad hacia 1890.

La invención de la plancha a vapor data de 1926. Desde entonces se ha derivado muchas formas novedosas donde la decoración ya no es relevante y ha sido reemplazada por una estética funcional en cuya silueta se refleja la mejora de la técnica que ha optimizado la rapidez de una actividad como el planchado, labor que ha conservado su utilidad a lo largo de los siglos.
Edith Mannoni
(Arte de la revista & la Decoración)
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Fers à repasser
du bateau à la vapeur

Les chinois surent très tôt que la chaleur était le meilleur moyen de défroisser les tissus. Les Occidentaux, eux, ont tâtonné longtemps avant de s’en rendre compte. D’où une impressionnante série d’instruments de repassage imaginés au cours des siècles.

A Hong Kong, le City Museum conserve une cassolette en bronze de l’époque Han (200 av. JC – 220 ap. JC) que l’on remplissait de charbon de bois brûlant, el le musée des beaux-arts de Boston expose une soie peinte (1082 - 1135) illustrant la façon de s’en servir : on passait la cassolette sur l’étoffe tendue, tout comme on le faisait en Europe mais au XVe siècle avec des plaques de fer munies d’une poignée et que l’on chauffait dans l’âtre.

Repassage à froid

En Europe, l’idée du fer a repasser vient probablement d’Italie du Nord, là où au Moyen Age s’est développée une impressionnante industrie textile. Très tôt, cette région se trouve en relation avec le pays d’Orient et d’Extrême – Orient, puisque le premier Européen à s’être rendu en Chine fut l’italien Marco Polo, aux environs du XIIIe siècle.

Les tissus sont lissés à froid par des lissoirs, instruments lourds à base inférieure plate. Il en existe en pierre, en marbre et en bois massif. Les Nordiques en ont fabriqué avec du cristal de roche poli et plus tard en verre, sous forme de demi sphère à semelle plate et à petite poignée verticale. Il en existe encore dans des musées scandinaves et anglais. Le musée de Longwy en a récolté quelques-uns.

Jusqu’au début du XXe siècle, les Scandinaves se servent aussi de planches à calandrer, longues de 80 cm et larges de 15 cm munies d’une poignée à une extrémité. On fixe le tissu encore humide sur un rouleau en bois, et par-dessus, on appuie des deux mains sur la planche à calandrer, elle-même reposant sur le rouleau. Un mouvement de va-et-vient comprime le tissu entre la calandre (c’est-à-dire le rouleau) et la planche à calandrer pesant de tout les poids que lui imprime la repasseuse. Ce procédé ne convient guère qu’aux tissus plats et aux lissages assez rudimentaires.

Fer et chaleur

Un bon repassage allie l’action de la pression à celle de la chaleur avec, si possible, un peu d’humidité. Ainsi arrive-t-on à défroisser et lisser au mieux ces textiles si rebelles, dont les fibres ont dû être tordues lors du filage.

Les techniques sidérurgiques ont demandé beaucoup de temps pour se perfectionner, aussi les premiers fers ont-ils d’abord été des masses plutôt étroites et épaisses, à semelles un peu rugueuses et à poignées étirées selon les techniques du fer forgé, de l’arrière vers l’avant du fer. Ce n’est guère qu’au XVIIe siècle qu’on voit apparaître des fers plus plats, plus lisses et aux poignées plus légères.

Les bateaux á braises

Ce sont les tailleurs qui utilisent les gros fers pleins pour aplanir les coutures et les tissus lourds. Les blanchisseuses se servent d’un instrument plus léger, sorte de récipient creux que l’on remplit de braises et dont la forme évoque celle d’un bateau. A la différence des cassolettes chinoises, il est muni d’un couvercle sur lequel est fixée une poignée horizontale qui le rend plus maniable.

Ce couvercle, qui s’ouvre de sorte que l’on puisse charger le récipient, est également équipé d’un loquet de verrouillage qui sert parfois de prétexte á décor. Le récipient est ajouré d’orifices découpés dans la tôle des parois latérales pour permettre la combustion des braises, autre moyen de créer un décor, parfois très ingénieusement exploité.

Ce type de repassage a l’inconvénient d’exposer la repasseuse à des émanations de fumée. Du coup, certains modèles un peu perfectionnées du XIXe siècle sont surmontés de petites cheminées á col incliné conduisant la fumée à l’écart du visage de la travailleuse. Aux alentours du XVIIe – XVIIIe siècle, des instruments plus perfectionnés apparaissent pour des repasseuses fortunées et raffinées. Ils donnent en outre lieu à la création de très beaux objets en cuivre gravé, les barquettes à lingot.

Barquettes à lingot

Il s’agit de fers creux – moins volumineux que les bateaux à braises – dans lesquels on introduit un lingot triangulaire (préalable – ment chauffé) épousant la forme intérieure de la barquette. Une excavation surmontée d’un petit étrier permet de le manier à l’aide d’un crochet à long manche en – poignée de bois. Tous ces fers ont une extrémité amincie afin de faciliter leur glisse. Parmi les barquettes à lingot, il est une variété, la langue de bœuf, qui a un dessus arrondi et une extrémité – non plus triangulaire, ni pointue – mais ovalisée et à poignée ouverte vers l’avant. Cette forme permet une pénétration plus facile dans la masse du tissu et dans les parties un peu compliquées du vêtement.

Début XIXe, toutes ces variétés ont tendance à disparaître, avec l’invention de la fonte. On sait enfin la couler non plus seulement pour en faire des plaques de cheminées, objets somme toute simples à réaliser, mais pour en faire des objets en trois dimensions comme les fers à repasser.

La fonte et l’industrie

C’est l’épanouissement de la sidérurgie en Angleterre, en France et en Allemagne. De grandes fonderies se créent. Parmi leurs produits, elles incluent les fers à repasser. Ceux – ci sont fabriqués en masse en Lorraine, dans les Ardennes françaises et belges. Mais l’industrialisation n’enlève rien au souci du décor que facilite la technique de la fonte moulée. C’est aussi l’époque où se développe notamment dans la capitale une extraordinaire activité de blanchisserie. Paris est tenu pour la ville où le linge est le plus finement repassé. L’accélération du progrès technique favorise le repassage. C’est alors qu’entre en scène un pays techniquement très en pointe : les Etats-Unis. Dès la fin du XIXe, accompagnés d’abord par les Anglais et les Allemands, puis seuls ensuite, les Américains ont toutes les audaces : ils cherchent d’autres sources de chaleur que le poêle à charbon typique des blanchisseries parisiennes. Ils se lancent alors dans les fers à essence, à alcool, à méta (combustible solide) et enfin à l’électricité vers 1890.

L’invention du fer à vapeur date de 1926. Il en résulte des formes nouvelles où le décor surajouté est remplacé par une esthétique fonctionnelle. On réfléchit à des silhouettes profilées évoquant une augmentation de la vitesse pour cet instrument ménager qui a gardé toute son utile lourder.

Edith Mannoni
(Magazine Art & Décoration)